Por Edgardo Figueredo
Una vez más, el arbitraje vuelve a ser tema de discusión en el fútbol de la Liga del Oeste. Y no se trata solamente de lo que ocurre en Primera División o en la categoría Sub 21, sino también de situaciones que se repiten en el fútbol formativo, donde deberían primar el aprendizaje y el desarrollo de los chicos.
En el fútbol mayor, la decisión de traer ternas arbitrales de otras ligas sigue generando interrogantes. Algunos de los jueces que llegan desde ciudades vecinas arriban con antecedentes poco favorables en sus lugares de origen. No solo por cuestionamientos vinculados a su desempeño, sino también por actitudes que poco contribuyen al normal desarrollo de un partido.
El árbitro debe estar para impartir justicia dentro del campo de juego. Sin embargo, en más de una oportunidad da la sensación de que algunos buscan convertirse en protagonistas, imponiendo autoridad de manera excesiva y condicionando el espectáculo. Cuando esto sucede, el juego pierde naturalidad y quienes terminan perjudicados son los clubes, los futbolistas y el público.
La preocupación también alcanza a las divisiones inferiores. Si bien existen árbitros locales que realizan una tarea correcta y responsable, otros parecen replicar conductas que se observan en categorías superiores. Decisiones difíciles de comprender, sanciones discutibles y criterios cambiantes terminan generando malestar en un ámbito donde la prioridad debería ser la formación deportiva y humana de los jóvenes.
Ante este panorama, la responsabilidad principal recae sobre la Liga del Oeste. Es la entidad encargada de designar y contratar a quienes tienen la misión de conducir los encuentros. Del mismo modo, cuando corresponde aplicar sanciones disciplinarias, debería hacerlo con absoluta claridad, transparencia y conocimiento profundo de cada situación.
El fútbol regional necesita árbitros capacitados, preparados y comprometidos con su función. Pero también necesita dirigentes que asuman la responsabilidad de garantizar que las decisiones dentro y fuera de la cancha estén a la altura de las circunstancias. De lo contrario, las polémicas seguirán ocupando el lugar que debería pertenecer exclusivamente al juego.

