Muchos se confabularon contra esa infusión: que propicia la holgazanería, que iba en contra de Dios, que la gente no aguantaba la misa entera por las ganas de orinar luego de tomarlo. Esas fueron algunas de las razones por las que en los tiempos en que Buenos Aires era un lejano caserío casi escondido en América del Sur, insólitamente fue vedado.

Parecía mentira, pero todos esperaban en esa aldea húmeda y barrosa que era Buenos Aires, donde el número de habitantes raspaba los dos millares, que llegase un gobernador como la gente, que fuera permisivo y que dejara enriquecerse a todos con los beneficios del contrabando y del comercio de esclavos. No importaba la inseguridad y los hechos de violencia que se sucedían en disputas que se generaban. Si, en definitiva, con el negocio ilícito, todos salían ganando.

Es que el gobernador Hernandarias hacía cumplir las prohibiciones comerciales que cerraban el puerto a todo intercambio que oliese a ilícito.

Hernando Arias de Saavedra, que había nacido en Asunción en 1564, se había convertido en el primero en nacer en estas tierras que alcanzaba un alto cargo en la burocracia española. Casado con Jerónima, hija de Juan de Garay, con la que tendría tres hijas, fue gobernador primero entre 1596 y 1599 y luego entre 1601 y 1609. Volvería a serlo entre 1615 y 1618.

Su interés fue el de proteger a los artesanos y las incipientes industrias del vasto interior, contraponiéndose al comercio ilegal que tenía como centro al puerto de Buenos Aires.

En su momento los reyes de España permitieron, en determinadas cuotas, mandar productos a cambio de otras mercaderías y de esclavos provenientes de África y Brasil, que hizo que se beneficiaran de esa situación los comerciantes locales, que vendían a precios siderales.

Por eso se esperanzaron con la llegada de Diego Marín de Negrón, el sucesor de Hernandarias. Negrón era un malagueño de 40 años, quien fue recibido, como se estilaba, con una corrida de toros, que fue la segunda organizada en la actual Plaza de Mayo, porque aún la ciudad no contaba con un espacio para estos espectáculos.

Negrón comprendió que si mantenía los férreos controles comerciales, no solo los comerciantes se arruinarían, sino también él mismo. La solución que encontró fue el de hacer la vista gorda ante el contrabando. Esto hizo que de modesto funcionario español se transformase en un hombre rico y próspero. Se había asociado con un un grupo de vecinos prominentes, duchos en el arte de hacer dinero de manera ilegal.

Diego de Vega, junto a su pariente Diego López de Lisboa, Juan de Vergara, el militar Mateo Leal de Ayala y el contador real Simón de Valdéz -quien fue el que introdujo la novedad del billar en Buenos Aires- habían armado una aceitadísima organización de contrabando. Lo manejaban no solo con Europa y Brasil, sino que lo practicaban con el comercio con el interior, y sus influencias llegaban hasta el Alto Perú y Lima. El negocio que más dinero dejaba el de comercio de esclavos.

Hernandarias, mientras fue gobernador en años anteriores, los había perseguido con cierto éxito. Pero Marín de Negrón entraría en conflicto con ellos, y un día aparecería muerto. Fue el 26 de julio de 1613 y la causa de muerte repentina fue envenenamiento.

Cuando se envió a un funcionario para investigar las causas de la muerte y comprobó que había sido envenenado, recibió una paliza y fue encerrado en una celda.

El juicio de residencia que le haría Hernandarias a Negrón -cuando llevaba cuatro años muerto- dejó al descubierto un descarado comercio de plata y de productos prohibidos al Brasil a cambio de la llegada de infinidad de esclavos.

Durante su gestión, Negrón se mostró partidario de la división del extenso territorio que componía la gobernación de Buenos Aires: una región compuesta por Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba; otra Tucumán y la Concepción del Bermejo y una tercera con las ciudades de Corrientes, Asunción, Santiago de Jerez, Villa Rica y Ciudad Real. Ese proyecto era resistido por todos.

Al propio Negrón tampoco le cerraba la idea. Porque como disponía necesario que el gobernador debía residir, por lo menos, durante ocho meses en Buenos Aires, no le alcanzaban los cuatro meses restantes para recorrer los principales puntos de la gobernación.

FUENTE INFOBAE